Patagónico en Nueva York

Estoy a favor de viajar. Viajar nos permite conocer otras culturas, a veces muy contrastantes con la nuestra.

Defino a mi blog como fotografía patagónica porque es la realidad que condiciona y define mi mirada. Pero de ninguna manera limito a la Patagonia como mi campo fotográfico.

Un par de veces al año publicaré fotos de viajes que hice al exterior. En este caso los invito a ver la mirada de un patagónico en Nueva York:

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Historias de la Línea Sur

no vayas a creer lo que te cuentan del mundo
(ni siquiera esto que te estoy contando)
ya te dije que el mundo es incontable.

Mundo, Mario Benedetti

Ayer se cumplió el centenario de la fundación de Ingeniero Jacobacci, un pueblo de la Línea Sur rionegrina, en la Patagonia profunda.

Estuve allí hace un par de semanas, recorriendo sus rincones con más historia. Así fue como por medio de Antonella Chameli, conocí a dos mujeres encantadoras: María Rezk y Claudia Nasif, madre e hija respectivamente de una familia pionera de la localidad.

Es un gusto escucharlas hablar de cómo el destino fue tejiendo las redes que crearon su familia; o de aquél día luego de una boda en la iglesia local en que la temperatura llegó a 30 grados bajo cero; o de la gran comunidad de origen libanés que habitaba el microcentro porteño hasta alrededor de la década de 1960, y lo pueblerino del devenir en la actual ciudad de la furia.

Con mucho amor y respeto decidieron conservar el recuerdo del almacén de ramos generales que ocupó una parte importante de su historia familiar, y que a su vez está íntimamente relacionado con la historia de Jacobacci.

Historias de la Línea Sur. Oficina Casa Nasif

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En Zapala – Parte 1: Desde la ciudad

“Si consideramos que se encuentra al pie de la cordillera de los Andes y enclavada en el último escalón de una alta meseta, es fácil imaginar las inclemencias climáticas que debieron soportar los colonos de aquellos tiempos, cuando el macizo andino durante todo el año se mantenía bajo un grueso manto de nieve […]. Del viento, la nieve y los intensos fríos era el reinado de diez meses cada año. En los dos restantes llegaba una cálida estación que se parecía un poco al verano […]. Después que pasaban los vendavales se descargaban copiosas nevadas que en pocas horas dejaban las calles cubiertas por un manto blanco […] las que eran seguidas por crudas heladas que no permitían el descongelamiento […]. Pero, si éste era el peor momento climático que soportaba el caserío, no sería mejor el que vendría: cuando el viento en veloz carrera llega a tomar su turno […]. Así era Zapala, hostil, montaraz. Una fina feta de verano dentro de un emparedado de viento y nieve”.

Descripción de los primeros años de la ciudad, que hace José Ramos en el libro Zapala, semilla y surco (Ferrari y otros, 1996)*.

Luis Sapag, en su libro “Sapag, del Líbano a Neuquén”, cuenta que el nombre Zapala viene de la unión de dos palabras de la lengua mapuche, “chapad”, que significa barro, y “la”, que significa muerte. Podría interpretarse como “pantano mortal”.

Estas características hicieron difícil la vida a los que se establecieron hace más de un siglo en esa región. Pero estas dificultades han opacado en mi opinión el entorno natural bellísimo en el que se encuentra la ciudad. El “pantano mortal” es consecuencia de un acuífero que proporciona agua mineral de excelente calidad a sus habitantes.

Es evidente el cambio climático producido a través del tiempo: los inviernos ya no son tan fríos, aún cuando las comodidades de la vida urbana han mejorado mucho; y los veranos han extendido un poco más su influencia. Ha quedado el viento, uno de los símbolos del lugar. Zapala está ubicada en plena estepa patagónica y tiene incorporada profundamente su impronta:

Atardecer en Zapala

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