Verónica

Su mamá trabajaba como criada en una estancia perdida entre el mar y los Andes santacruceños. Era de tez morena, pelo oscuro y lacio, rostro anguloso, hermosos rasgos tehuelches.

Verónica se recuerda vagamente feliz caminando entre los coirones y el viento; junto a los rebaños de ovejas y manadas de caballos; subida a un cerro desde donde se veían más y más cerros hacia donde mirara, ¡le parecía todo tan distante!, es que todo queda lejos en la Patagonia… También había una casa grande con varias habitaciones y una galería cerrada que daba a un patio lleno de plantas raras, que crecían con dispar suerte en el riguroso clima de la estepa. Siempre tenía que andar con cuidado por ahí. No podía tocar nada de lo que le llamaba la atención. En lo posible, que estuviera afuera con su hermana, ordenaba el patrón. Alrededor de la casa principal, había varias otras construcciones: galpones, corrales, talleres, depósitos, viviendas para el personal.

Casa estancia abandonada
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Un encuentro inesperado

1992, Buenos Aires. Camino temprano un día de semana por avenida Callao, inmerso en el caos de la ciudad capital. Me molesta el tránsito, el humo de los escapes, los bocinazos constantes, los motores acelerando, los frenos chirriando al ponerse en rojo los semáforos. Escucho insultos. Y por todos lados los ceños van fruncidos. En mi cabeza resuena tan fuerte como el ruido de la ciudad la pregunta de por qué había tomado la decisión de ir a la universidad allá.

Las privatizaciones de las empresas de servicios públicos había lanzado a los nuevos propietarios a un frenesí de zanjeos en las veredas que estaban tapados precariamente con tablas de madera. Tengo que mirar bien dónde piso, para no tropezar ni pisar caca de perros. Llego tarde a clases.

Me molesta todo lo que me rodea.

Y la humedad que me mata.

Envuelto en todo eso llego a plaza Rodríguez Peña y se me ocurre mirar a la izquierda. Hay un grupo de personas ancianas que, arreglados como en una coreografía, van haciendo movimientos lentos, precisos, sutiles. Sus miradas ven (¿van?) más allá de su entorno.

En esas miradas hay paz y confianza.

Nada los distrae ni los desconcentra de esa especie de trance en que parecen estar. Avanzan, sus brazos y piernas se levantan alternadamente y se mueven de manera circular, mientras sus cabezas acompañan. Me fascina la escena y siento felicidad por ellos. Parece que supieran algo que se mantiene muy alejado de mi comprensión.

Por un instante siento que sólo yo soy testigo de ese grupo de personas, como si presenciara una aparición de otra dimensión entre el desorden de mi realidad.

Sigo mi viaje.

Luego me enteraría, preguntando, que lo que practicaban era Tai Chi.

Antes que terminara el año había regresado a mi pueblo.

La paz parece que recién ahora la puedo empezar a vislumbrar, y no depende del entorno en el que uno esté 🙂

Muchas gracias por mirar y leer.
Mariano Srur

PD: La foto es en Paso Córdoba, General Roca, Río Negro.

El Marjorie Glenn

El invierno pasado visité dos naufragios: el Desdémona en Cabo San Pablo (TDF) y el Marjorie Glenn en Punta Loyola, cerca de Río Gallegos.

Este último era un buque carbonero a vela que naufragó transportando carbón proveniente de Inglaterra en el año 1911, debido a un incendio que se originó en su cargamento.

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