Una imagen y doscientas palabras

“Hay hombres que de su cencia
tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas,
más digo sin ser muy ducho:
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas”.
Martín Fierro, José Hernández.

Bajamos caminando del cerro que nos sirvió de mirador para presenciar el atardecer, uno más de los incontables desde que se creó este paisaje hace decenas de millones de años. Ya estábamos abrazados por la oscuridad.

Arriba nos habíamos maravillado con el volcán que dio origen a lo que nos rodeaba. Observamos en calma cómo cambiaron los colores del atardecer; fotografiamos el contorno de roca basáltica de la montaña; descubrimos precipicios y reconocimos las chimeneas volcánicas erosionadas durante eones, que nos recordaron a las del cerro Catedral; y otra vez fotografiamos la noche sobre la estepa patagónica.

La camioneta había quedado en el puesto abandonado que nos revelaron las imágenes satelitales, y al que un camino olvidado y escabroso nos había llevado con dificultad.

Sin apuro fuimos guardando todo el equipo que habíamos cargado montaña arriba. La aventura estaba empezando a terminar. Sentí que faltaba una foto más de ese lugar. Gustavo y Ken ya estaban listos para partir, pero de buena gana aceptaron mi propuesta de sacarnos una foto apoyados en la pared del rancho, probablemente habían tenido la misma sensación que yo. Los tres nos quedamos mirando fijamente la luna, aunque no nos lo habíamos propuesto. Arriba nuestro destacaba la Gran Nube de Magallanes.

Observadores de la estepa nocturna. Una imagen y doscientas palabras.

Cuestión de límites

Avanzamos casi de noche sobre la meseta. Hace frío y nos rodea la vegetación achaparrada de la estepa. Es difícil distinguir accidentes geográficos más allá de la línea del horizonte en un paisaje uniforme como éste. De pronto, encontramos un límite: el alambrado que una persona construyó para delimitar su dominio, o para que los animales de cría se alimenten dentro de un espacio acotado. Seguramente sin buscarlo, el alambrado tiene un atractivo visual al recortarse sobre el cielo del crepúsculo.

Me pongo a pensar en los límites que tengo adelante. Uno terrenal e ínfimo en relación a los demás, el del alambrado. Otro más lejano pero no inalcanzable, la atmósfera de nuestro planeta, que nos rodea y se tiñe de los colores que siguieron a la puesta del sol. Y por último uno más definitivo, las estrellas que se empiezan a divisar en el firmamento.

Cuestión de límites

Sólo me interesa superar el primero.

Muchas gracias por mirar.

Mariano

PD: Esta historia es parte de otras dos: Una vasta soledad y Esperando la noche.

Aclaro por las dudas que mi intención no era hablar en contra de los alambrados, sino de lo limitado que somos los seres humanos. Este tipo de límites es necesario para poder ordenar la producción en estos lugares. En realidad se podía transitar libremente por el camino, pasando una tranquera.

Esperando la noche

La semana pasada publiqué la primera parte de la visita a la meseta de El Cuy. A continuación, el resto de la historia.

Luego de llegar a lo más alto del camino, comenzamos a avanzar en dirección a Cerro Policía. Mientras esperábamos la noche, en el horizonte todavía se reflejaban los rayos del sol que desaparecía:

Colores del atardecer en la meseta

Ya podíamos ver a simple vista una multitud de estrellas, y una exposición de varios segundos permitió captar el paso de un satélite sobre el cielo patagónico:

Esperando la noche en la meseta

Luego de pocos kilómetros llegamos al otro lado de la meseta, y tuvimos una vista panorámica del paraje de Cerro Policía. Podíamos contar fácilmente la cantidad de casas mirando sus luces. Me llamó la atención como se proyectaba una continuidad del pueblo hacia el horizonte, mientras en el firmamento asomaba el abismo infinito de las estrellas:

Crepúsculo en Cerro Policía

El frío rápidamente fue calando en nuestros huesos, a pesar del abrigo que llevábamos. Pero la espera dio sus frutos y pudimos obtener muchas imágenes maravillosas de la Vía Láctea, de las cuales muestro la que más me impactó, una multitud de estrellas y galaxias que iluminan el cielo:

Vía Láctea en meseta del Cuy

Obtener la foto anterior no es fácil con la cámara que usé en ese momento, una Olympus E-M1. A pesar que tiene muy buena sensibilidad a ISO alta, el tamaño de su sensor muestra limitaciones cuando se quiere captar mucha más luz de la habitual como pasa en la fotografía nocturna. Por eso usé además una montura motorizada marca Polarie, que una vez calibrada y con la cámara encima, gira lentamente siguiendo la rotación de la Tierra, permitiendo hacer fotos de muchos segundos de duración sin que las estrellas salgan borrosas. En este caso la exposición fue de ¡240 segundos!, cuando lo habitual hubiera sido de 30 segundos para que las estrellas «no se muevan». La longitud focal fue equivalente a 14mm, la apertura de f/4 a ISO 1600.

Una de las ventajas de fotografiar la noche en invierno, es que el atardecer llega temprano, entonces pudimos regresar a nuestras casas pasadas las 24:00, y con tiempo para descansar.

Muchas gracias por mirar.

Mariano