Una excursión esteparia

En uno de los viajes que hice hacia Bariloche por la Línea Sur, descubrí muchos lugares donde supe que tenía que volver para hacer otro tipo de fotos con diferente luz y condiciones de tiempo. Uno de los ideales para una excursión esteparia queda a pocos kilómetros de Mencué. Hacía meses quería regresar y tenía preparada la casilla rodante, aunque  a veces los quehaceres diarios hacen que se me pase el tiempo sin darme cuenta. Pero aquél lunes el otoño nos había regalado un día espectacular y eso no me hizo olvidar. Luego de chequear el pronóstico lo llamé a Ken y quedamos en salir antes del atardecer para pasar la noche fotografiando las estrellas junto al paisaje iluminado por el reflejo de la luna, que estaba en cuarto menguante.

Llegamos de noche y, antes de las fotos, cenamos unas empanadas de carne acompañadas por un vino tinto. Luego comenzamos el ascenso por una formación espectacular de rocas, que al exponerse a la intemperie sufrieron un proceso de meteorización, que creó una especie de rompecabezas rocoso.

Había un silencio absoluto. Llegué hasta arriba con cierta dificultad porque la luna no había salido aún y tenía que iluminarme con la linterna. De a ratos escuchaba detrás mío un golpe seco y poderoso, cuando una de las rocas sueltas que había pisado para saltar hacia la siguiente, se acomodaba nuevamente en su lugar. Inmediatamente después asomó la luna en el horizonte, iluminando con una luz cálida todo el paisaje. Había comenzado una foto de larga exposición y estaba mirando hacia el lado de la luna cuando escucho una exclamación de Ken, que más abajo, había visto un meteorito grande surcar el cielo. Maldecí no haberlo visto pero compensé esa sensación cuando vi que mi cámara lo había captado!:

Meteorito sobre la estepa. Una excursión esteparia

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Una imagen y doscientas palabras

“Hay hombres que de su cencia
tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas,
más digo sin ser muy ducho:
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas”.
Martín Fierro, José Hernández.

Bajamos caminando del cerro que nos sirvió de mirador para presenciar el atardecer, uno más de los incontables desde que se creó este paisaje hace decenas de millones de años. Ya estábamos abrazados por la oscuridad.

Arriba nos habíamos maravillado con el volcán que dio origen a lo que nos rodeaba. Observamos en calma cómo cambiaron los colores del atardecer; fotografiamos el contorno de roca basáltica de la montaña; descubrimos precipicios y reconocimos las chimeneas volcánicas erosionadas durante eones, que nos recordaron a las del cerro Catedral; y otra vez fotografiamos la noche sobre la estepa patagónica.

La camioneta había quedado en el puesto abandonado que nos revelaron las imágenes satelitales, y al que un camino olvidado y escabroso nos había llevado con dificultad.

Sin apuro fuimos guardando todo el equipo que habíamos cargado montaña arriba. La aventura estaba empezando a terminar. Sentí que faltaba una foto más de ese lugar. Gustavo y Ken ya estaban listos para partir, pero de buena gana aceptaron mi propuesta de sacarnos una foto apoyados en la pared del rancho, probablemente habían tenido la misma sensación que yo. Los tres nos quedamos mirando fijamente la luna, aunque no nos lo habíamos propuesto. Arriba nuestro destacaba la Gran Nube de Magallanes.

Observadores de la estepa nocturna. Una imagen y doscientas palabras.