Verónica

Su mamá trabajaba como criada en una estancia perdida entre el mar y los Andes santacruceños. Era de tez morena, pelo oscuro y lacio, rostro anguloso, hermosos rasgos tehuelches.

Verónica se recuerda vagamente feliz caminando entre los coirones y el viento; junto a los rebaños de ovejas y manadas de caballos; subida a un cerro desde donde se veían más y más cerros hacia donde mirara, ¡le parecía todo tan distante!, es que todo queda lejos en la Patagonia… También había una casa grande con varias habitaciones y una galería cerrada que daba a un patio lleno de plantas raras, que crecían con dispar suerte en el riguroso clima de la estepa. Siempre tenía que andar con cuidado por ahí. No podía tocar nada de lo que le llamaba la atención. En lo posible, que estuviera afuera con su hermana, ordenaba el patrón. Alrededor de la casa principal, había varias otras construcciones: galpones, corrales, talleres, depósitos, viviendas para el personal.

Casa estancia abandonada

El dueño era un alemán alto, serio y distante, que iba a quedarse largas temporadas para atender los quehaceres de la estancia, siempre solo. Vivía en alguna ciudad importante, aunque nunca supo cuál.

Hacia el final del último otoño llegaron noticias de su muerte.

Durante el verano siguiente llegó la viuda para disponer de los bienes de su difunto esposo. Una de las primeras decisiones que tomó fue dejarlas en la calle. No estaba dispuesta a tolerar hijas ilegítimas que pudieran reclamar parte de su herencia.

La mamá de Verónica, analfabeta y acostumbrada al sometimiento, se encontró con una realidad que la superó en todo sentido. Después de un día de esperar en la ruta a que pasara alguien que las lleve, lograron llegar a Puerto San Julián. Desde ahí consiguió pasajes hacia el norte patagónico, donde le sugirieron que encontraría trabajo y nadie preguntaría por su historia. Sin embargo, en el Alto Valle el único trabajo que pudo conseguir era como empleada doméstica con cama adentro y por supuesto había lugar sólo para ella. Entonces tomó una decisión: dejaría a sus hijas en el orfanato. Le aseguraron que iban a estar bien, que tendrían ropa, comida, educación. Que las podría visitar cuando quisiera. Pero llegaba el domingo a la tarde y una mezcla de bronca, vergüenza, pena y remordimiento, le impedía siempre ir a verlas. Al principio le costó, pero con el tiempo consiguió rodearse de una coraza que le fue haciendo más fácil el olvido.

Pasaron años.

Verónica estudió y pudo elegir en qué trabajar. Conoció un hombre que la amó y formaron una familia. Siempre la acompañó la angustia del abandono, a veces más presente, a veces no.

Un día llegó el primer nieto a la familia de la casa donde estaba trabajando su madre y ella ya no pudo esconder más nada. Todo el amor reprimido entró tan fuerte como su arrepentimiento por las decisiones tomadas. Salió a buscar a sus hijas, sin poder encontrar las palabras para expresar lo inexplicable.

Pero en la Patagonia las distancias se agigantan en todo sentido.

Verónica nunca pudo perdonar a su mamá.

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